Cómo fue imaginada y sentida la presencia del Apostol

"LA REALIDAD HISTÓRICA DE ESPAÑA". Américo Castro
Capítulo IX
Orígenes de la reacción cristiana-europea: Santiago de Galicia

santiago_nEn el siglo IX solían componerse martirologios, o sea, calendarios con noticias acerca de los mártires conmemorados (e incluso de santos que no eran mártires) . El diácono Floro de Lyon ( + 863) redactó uno al cual puso adiciones Adón de Toul, compuestas entre 830 y 860; y allí se dice, que los huesos del muy bienaventurado apóstol Santiago fueron trasladados a los extremos límites de las Hispanias, y enterrados junto al mar británico; el culto y la veneración que se les rinde son conocidísimos ("celeberrima illarum gentium veneratione excoluntur") . Faltan datos acerca de cómo se representaran los gallegos y astures del siglo IX la figura y misión del futuro Santiago de España; lo cual no obsta para deducir consecuencias retroactivas de lo expresado más tarde por la literatura y por el arte. La primera crónica que menciona la existencia del sepulcro (la de Sampiro) no es contemporánea del descubrimiento del sepulcro; más próximo está un documento de Alfonso III ( del año 885) , en el que el rey dona unas tierras y una villa a los monje que viven junto al sepulcro ( ver Vázquez de Parga, op. cit., pág. 30) , y dice que, después de Dios, Santiago es su más piadoso patrono ("nobis post deum piissimo patroni") .El culto a Santiago debió poseer desde el comienzo ( desde la primera mitad del siglo IX, poco más de un siglo después de la invasión musulmana) enorme significación política y religiosa. El Apóstol ecuestre, armado de una recia espada, aparece en un tímpano, en uno de los brazos del crucero de la basílica de Santiago; es obra de mediados del siglo XII, y fue incorporada a la misma estructura del templo. En el estandarte que, con la mano izquierda, sostiene la figura ecuestre, se lee: "Sanctus Jacobus Apostolus Christi." En la arquivolta del tímpano diez figuras angélicas contemplan la portentosa escena.

El arte de quienes labraron este tímpano queda muy por bajo del esplendor del Pórtico de la Gloria, una de las cimas de la escultura románica. En el Pórtico se expresa la posición docta de la Iglesia compostelana; en ella Santiago ocupa el lugar subordinado que le corresponde dentro de la jerarquía cristiana, junto a los profetas y a los apóstoles de Jesucristo. No hay ninguna alusión al carácter bélico de los Boanerges, los Hijos del Trueno. Lo cual significa que coexistían en la basílica compostelana dos contrarias representaciones de Santiago: la culta y "canónica", diríamos, y la del pueblo tradicionalmente apegado a su imagen del jinete celestial. No cabía prescindir de la una ni de la otra.

El semicírculo del tímpano y los más pequeños en torno a las cabezas angélicas valdrían como símbolo de la curva visible de los espacios celestes, mansión de los bienaventurados y fuente de venturas para quienes, sostenidos por la esperanza, dirigían su fe y sus plegarias a Santiago, mensajero de Dios, poderoso, invencible. La milagrosa aparición del Apóstol en nuestro tímpano es vista de un modo desde el cielo, y de otro desde este bajo mundo: los ángeles la contemplan sin salir de su mundo glorioso -un eterno prodigio que se contempla a sí mismo. Los mortales, humillados, en lugar de contemplar, suplican. En los siglos XI y XII de la cristiandad, el más allá, lo llamado ahora sobrenatural, era sentido como más real que lo llamado "natural". Se sabía de aquella otra "naturaleza " invisible mucho más que de la tangible; cuando llegaba la hora de la verdad, el cielo teológico resultaba estar más próximo que la tierra sobre la cual se caminaba. No era entonces posible contemplar un acontecimiento milagroso, como harían siglos adelante los señores toledanos contemporáneos de El Greco, ya bien afirmados en su existencia terrena. El prodigio del conde de Orgaz gravita hacia el mundo de más acá, el cual coexiste con el cielo de más allá. Pero quienes se prosternan ante el Santiago ecuestre no poseen todavía un "en sí" desde donde contemplar lo divino. Lo único hacedero es rendirse a él, orar y esperar. Lo que no es eso, es desorden pecaminoso, y su símbolo son los monstruos aplastados bajo los pilares del arco central del Pórtico de la Gloria.

El tema del Santiago ecuestre no fue una ocurrencia de un escultor compostelano en el siglo XII, porque sus fundamentos y antecedentes se encuentran en la piedad popular, en lo que se esperaba del Santiago bélico; o incluso, desmesurada y heréticamente, de su hermandad con Cristo. No tenía que inventar ningún escultor un tema, presente, sin discontinuidad, desde la antigüedad romana hasta la época cristiana del Imperio, y difundido luego por la Europa cristiana ( ver págs. 335-336) . El motivo del clamoroso éxito logrado por el sepulcro de Santiago ya en el siglo IX, es el que la literatura y el arte posteriores ponen tan claramente de manifiesto. Lo dice el Poema del Cid, hacia 1140:

"los moros llaman: ¡Mafómat!, e los cristianos: ¡Santi Yagüe!" (731) 

Ya cité antes (pág. 331) cómo en la Vida de San Millán, de Berceo, Santiago y San Millán bajaban de las alturas "en dos cavallos plus blancos que cristal", y ponían en fuga a la morisma. En el Poema de Fernán González ( del siglo XIII, aunque basado en un cantar de gesta mucho más antiguo) , el Apóstol ayuda al conde Castilla a vencer a Almanzor:

"í ['allí'] será el apóstol Santiago llamado,
enviamos ha Cristo valer a su criado:
será con tal ayuda Almoçor embargado" {edic. Menéndez Pidal, copla 413)

Y, en efecto, en lo más recio de la batalla de Hacinas, el Conde

"alçó suso los ojos por ver quien lo llamava,
vio el santo apóstol que de suso le estava,
de caveros con él, grand compaña levava..." (copla 561)

En el relato en de rebus Hispaniae de la batalla de las Navas de Tolosa (1212), por don Rodrigo Jiménez de Rada, no se habla de Santiago, ni tampoco en la traducción de ese texto que figura en la Crónica General de Alfonso el Sabio. Es probable que el arzobispo de Toledo, Jiménez de Rada, no tuviera mucho interés en mencionar a Santiago, fundamento de las pretensiones de los arzobispos de Compostela a la primacia eclesiástica de España. Pero en otra versión de la crónica de Jiménez de Rada, titulada Estoria Gótica, el traductor hace intervenir a Santiago en aquella memorable batalla :

"Las señas de los reyes era la imagen de sancta María de Toledo, con quien siempre vencieron. Et diziendo: '¡Dios aiuda et Sanctiagüe!'; los otros: '¡Castiella, Castiella!'; otros: '¡Aragón, Aragón!', et otros: '¡Navarra ! " firieron todos de coraçon " ( edic. E. Lidforss, Lund, 1876, página 123).

Quizá fueron los caballeros leoneses quienes en este texto aparecen invocando a Santiago, ya que no podían decir: "¡León, León!", por no haber acudido su rey a la batalla, suponiendo que "¡León!" hubiera sido alguna vez grito de guerra. De todos modos, "¡Santiago!" aparece mencionado en primer término.

A medida que la literatura fue ampliando su radio expresivo, la significación del Apóstol fue haciéndose más explícita; se pone entonces por escrito lo que estaba en la conciencia y en las palabras de todos. A mediados del siglo XIV la literatura de Castilla había adquirido dimensiones líricas, de expresividad íntima, mucho más amplias que hasta entonces; era, por tanto, esperable que el sentido tradicional de Santiago, el que vengo señalando desde hace años, se. manifestara en forma expresa y muy clara. En el Poema de Alfonso Onceno habla el rey don Yuçaf, después de la derrota del Salado ( 1340 ) :

En la Alfambra de Granada
entró con muy grand quebranto,
quebrantó la su espada,
e començó a fazer llanto...

«-Yo, tu rey, finco vençido,
cosa non sé que fazer,
pues el poder he perdido,
non te puedo defender.

Santiago el de España
los mis moros me mató,
desbarató mi compaña,
la mi seña quebrantó.

Yo lo vi bien aquel día
con muchos omnes armados,
el mar, seco paresçía
e cobierto de cruzados.»

Este rey dixo verdat;
aquesto sepan sin falla,
que Dios, rey de piadat,
quiso vençer la batalla.

Por mostrar la su fazaña ['bondadosa merced']
e el buen rey [Alfonso] ayudar,
el apóstol de España
í ['allí'] lo quiso enviar .

Santiago glorioso
los moros fizo morir
Mahomat, el perezoso
tardo non quiso venir.
(Coplas 1879-1888, edic. F. Janer.)

 

En ese poema, el rey Abofaçén invoca a Mahoma antes de iniciar Ja pelea contra 108 cristianos ( coplas 1572-1575) .Sin esa circunstancia, sin la necesidad de una fe combativa que oponer al Islam, los cristianos del noroeste de la Península no hubieran estructurado y valorado como lo hicieron el tema tradicional de los jinetes dioscúricos; habrían quedado éstos como esos dialectos que se agostan y se extinguen por falta de temas que expresar por encima de las vulgaridades cotidianas, o de las figuraciones ingenuas, siempre en tiempo presente y sin vistas a ningún futuro de alto vuelo. El folklore sirve para ser coleccionado y clasificado -o para atraer turistas-, pero no para crear historia.

Santiago -su acción secular, sus irradiaciones variadísimas- es uno de los pilares de la historia española. Los otros santos objetos de culto, por importantes que fueran en algún momento o lugar, son hoy como dialectos empobrecidos junto al ímpetu "literario" de la creencia en el Apóstol, que, allá en la basílica de Compostela, maneja un enorme espadón, sin el cual las peregrinaciones, la grandiosa basílica y todo lo demás no húbieran existido.

Las luchas con los moros terminaron hace siglos, y en cambio perduran las solemnes bellezas de Santiago de Compostela, y de las antiguas abadías de Celanova, Osera, Samos, y de tantos otros templos, que la incuria ha dejado muy maltrechos. Pero se mantiene total y dignamente firme la ciudad de Santiago, lugar glorioso, uno de los centros y vértices de la vida española. Lo demuestra la profusión de los escudos reales -de los Reyes Católicos, de los Austrias y de los Borbones. La España de diversas épocas se buscaba a sí misma en Santiago, en cuyos varios estilos se armonizan, en amplios acordes, los capiteles románicos del palacio del arzobispo Gelmírez, -el pórtico de la Gloria ( expresividad de fe y de esperanza no ahogada por la riqueza decorativa) , la serena magnificencia del palacio neoclásico de Rajoy. En la luz de Santiago siente el espectador que la piedra, humanizada por el arte, revive y continúa recreando su belleza.

CONSECUENCIAS BÉLICAS Y POLÍTICAS

El que en la creencia en Santiago se integraran lo religioso y lo bélico, dio lugar a que esa doble dimensión se proyectara también sobre sus sacerdotes y cultores. Santiago fue un reflejo de la guerra santa musulmana, y un apoyo para la guerra santa que hubieron de oponerle los cristianos; con lo cual el Apóstol evangélico se convertía en el maestre nato de las órdenes militares, mucho antes de que éstas tuviesen existencia legalizada. Decía el antiguo refrán: "Obispo de Santiago, ora la espada, ora el blago", porque aquellos prelados lo mismo peleaban contra normandos, moros, o rebeldes feligreses, que empuñaban el báculo, símbolo de su autoridad espiritual. En 942, el obispo Rudesindo (luego San Rosendo) venció a los invasores normandos invocando el nombre del Señor. En 968, el obispo Sisnando murió combatiendo contra las mismas gentes nórdicas, "sagitta percussus",herido por una flecha. Rasgos análogos son frecuentes, y llegó a hacerse normal el que los obispos y abades lucharan como esforzados caudillos, interviniesen en política como consejeros de los reyes, o dirigieran las campañas militares. De este modo el elemento eclesiástico predominaba sobre el civil, del mismo modo que la inspiración y ayuda del cielo valían más que las simplemente terrenas, con la cual iba perfilándose la que habría de ser disposición vital de los futuros españoles.

La conquista de Coimbra por Fernando I, en 1064, es reflejo del funcionamiento de aquella vida, de la que he llamado "teobiosis", cosa distinta de la teocracia. Como preparación para la dificil conquista de la ciudad, fuertemente amurallada y situada en una eminencia, el rey pasó tres días ante la tumba del Apóstol, a fin de que éste lograra de Dios la anhelada victoria. Hechas las ofrendas, se puso en marcha la hueste, muy segura de la divina protección. Comenzó el cerco en enero de 1064 y Coimbra se rindió por hambre el 7 de julio del mismo año. El Cronicón Complutense dice que el rey estaba acompañado de la reina doña Sancha y de los siguientes prelados: Cresconio, de la Sede Apostólica de Santiago ( aquel que en 1049 fue excomulgado por usar el título que seguía usando en 1064) ; Vestruario, de Lugo; Sisnando, de Viseo; Suario, de Mondoñedo; los abades Pedro, de Guimaraens, y Arriano, de Celanova. Luego se mencionan en conjunto, sin citar ningún nombre, muchos hijosdalgo. Ni un solo nombre de seglar atrajo la atención del cronista.

Durante los largos meses del asedio la hueste regio-episcopal pasó por serias dificultades por haberse agotado los víveres, escasez remediada por los monjes de Lorván, un monasterio mozárabe enclavado en tierra musulmana, a favor de la conocida tolerancia de los sarracenos. Aquellos monjes habían ocultado en sus silos grandes reservas de cereales y, en el momento oportuno, abastecieron al ejército cristiano. Si el "estado mayor" lo integraban obispos y abades, los servicios de intendencia corrieron a cargo de un monasterio. ¿ Qué mejor hecho para comprender una tan especial manera de vida? Dejemos ahora en segundo término el que Santiago fuese supervivencia o reencarnación de creencias milenarias. Lo esencial es, en cambio, que las mismas condiciones de la vida española hubiesen hecho posible un modo de existir a favor de aquella creencia en el que lo divino y lo humano borraban sus confines. Histórica y humanamente pensando, el originario dioscurismo de Santiago tiene aquí el mismo valor que la crónica de Saxo Gramático respecto del Hamlet de Shakespeare, o que la madre de Napoleón respecto de éste. La vida -la del arte y la otra- se funda siempre en circunstancias tan indispensables como dispensables.

La Crónica del monje de Silos completa la descripción de la conquista de Coimbra con un rasgo de inestimable valor. Mientras transcurrían los siete meses del cerco, el pueblo de Santiago asediaba también al Apóstol con sus plegarias en demanda de auxilio pronto y eficaz. Un peregrino griego que día y noche oraba junto a la sagrada reliquia, oía a quienes pedían a Santiago que pelease como buen soldado, y no concebía cómo un apóstol de Cristo, pescador de oficio y hombre de a pie que nunca cabalgó, se hubiese transmutado en personaje ecuestre y combativo. El hecho es verosímil, y no sería el piadoso griego el único en sorprenderse ante aquel poco evangélico culto. Añade el cronista que el Apóstol se apresuró a satisfacer las dudas del peregrino. He aquí cómo el Rey Sabio ( o su fuente) tradujo y exornó el relato del Silense en su Crónica General, en donde el peregrino se ha convertido en obispo y se llama Estiano :

Estando y faziendo vigilias et oraciones, oyó un día dezir a los de la villa et a los romeros que y vinien, que sant Yagüe parescíe como cavallero en las lides a los cristianos. Et aquell obispo cuando lo oyó, pesól et díxoles: "amigos, non le llamedes cavallero, mas pescador". Et él teniendo en esta porfía, plogo a Dios que se adormeció, et paresciol en el sueño sant Yague con unas llaves en la mano, de muy alegre contenente, et dixól: "Estiano, tú tienes por escarnio porque los romeros me llaman cavallero, et dizes que lo non so; et por esso vin agora a ti a mostrárteme, por que nunca jamás dubdes que yo non so cavallero de Cristo et ayudador de los cristianos contra los moros." Et él diziendo esto, fuél aducho .un cavallo muy blanco, et ell Apóstol cavalgó en él a guisa de cavallero muy bien guarnido de todas armas, claras et fermosas; et dixól allí en aquel sueño como queríe ir ayudar al rey don Fernando que yazíe sobre Coimbra, VII años avíe ya: "et por que seas más cierto desto que te digo, con estas llaves que tengo en la mano, abriré yo cras, a ora de terçia, la çibdad de Coimbra. .." Et bien assí como él dixo, as sí fué fallado que acaesció después en verdad (pág. 487 b) .

Ganada Coimbra, el rey don Fernando "fu'ese pora Sant Yagüe,. et ofresció í sus dones, teniendo í sUs vigilias " ( 488 a) .El relato de la magnífica hazaña presentaba así el hecho mismo y su perspectiva. española, ofrecía su plena realidad. El "hecho" de que un rey conquiste una ciudad es, como tal "hecho", una abstracción; es decir, algo insuficiente como realidad humana.

El obispo medieval, si era físicamente apto, combatía como cualquier hijodalgo. Siendo Santiago un apóstol bélico, no se ve por qué no habrían de ser también belicosos los sacerdotes encargados de su culto ; y si los obispos y abades eran hombres de guerra, parece obvio que también lo fueran los canónigos y clérigos inferiores. Acostumbraban éstos a no usar ropas talares; llevaban barba y andaban armados. Lo sabemos porque todas esas costumbres se censuran y prohiben en los concilios compostelanos de 1060 y 1063: "Los obispos y clérigos usarán ropas talares. ..estarán tonsurados y se cortarán la barba. ..no llevarán armas." 

Los clérigos de Santiago, en los siglos X y XI, tenían ya mucho de caballeros de las órdenes militares, sobre cuyo carácter y origen me ocupo en otro lugar. Desde luego, la disciplina en Santiago era menos rígida que en los conventos de las primitivas órdenes del siglo XII, por exceso de confianza en la fuerza del Apóstol, y por los pingües ingresos de las peregrinaciones. Lo esencial, sin embargo, era el entrelace de lo divino y lo bélico, que incitaba a desdeñar la contemplación. La creencia en el "hijo del trueno" se desarrolló en años de angustia y abatimiento, muy aliviados con el progreso de la Reconquista en los siglos XI y XII. Lo que antes sirvió para tensar los ánimos, se volvió más tarde laxitud y exceso de confianza. El Apóstol máximo trajo seguridad, bienestar y un prestigio internacional conquistado mágicamente; en cierto modo, lo mismo que el dinero de San Pedro convirtió a Roma en un centro de relajamiento e indiferencia espiritual, hasta bastante después del Concilio de Trento. El arzobispo de Santiago, Diego Gelmírez (1100-1140), tuvo que prohibir a sus clérigos que asistiesen al coro vestidos de seglares, con barba crecida, con vestidos maltrechos o de color, y calzando espuelas, como si la iglesia del Apóstol tuviese caballeros y no clérigos. Sería pura e ingenua abstracción hablar sólo de "relajación de costumbres" ; la realidad fue que un santo esencialmente bélico produjo prelados combatientes y clérigos caballeros. Diego Gelmírez hubiera debido cambiar ante todo el carácter de su mágico Apóstol, gracias al cual podía rodearse de pompa y rango pontificales. Mas la vida de los futuros españoles se iba creando su destino. Cuatrocientos años en estado de guerra habían dispuesto el curso de las preferencias valorantes en aquel pueblo.

La España de los siglos XI y XII, era la tierra de Santiago, "Jakobsland", según la llamaban los peregrinos del norte de Europa. Puede sospecharse cómo sería la fe del pueblo y su entrega a su santo patrono, cuando el rey de León, Alfonso VI, concedía en 1072 ciertos privilegios forales a la ciudad de Valcárcel, próxima a Santiago, por amor "al Apóstol en cuyo poder se fundan la tierra y el gobierno de toda España". Su hermana, la infanta Elvira, hace una donación a Santiago, en 1087, hallándose en trance de muerte: "a vos, el apóstol Santiago, mi señor invictísimo y triunfador glorioso". En 1170, el rey Fernando II promete dotar la iglesia de Mérida, dependiente de la sede de Compostela, tan pronto como sea reconquistada, y continuar así las mercedes concedidas por los reyes sus antepasados al Apóstol, "con cuya protección confiamos vencer a los moros". Alfonso el Sabio (m. 1284) ruega en su testamento a Santiago, "que es nuestro señor y nuestro padre, cuyos Alfonsos somos" .

Sería inútil allegar más testimonios de la conexión vital en que tanto León como Castilla se hallaban con el Apóstol, el adorado en Santiago desde el siglo IX no sólo como una devota reliquia, sino como una fuerza que orientaba la política de los reinos cristianos. Para aquellos monarcas "non erat potestas nisi a Jacobo", y en él se fundaban la fuerza, el prestigio y la esperanza del reino.

Hemos perdido la clave que permita entender tan extraña forma de religiosidad y lo contradictorio de sus motivos. Se adoraba el cuerpo de un compañero del Señor con tal entusiasmo, que el discípulo dejaba en penumbra la suave doctrina del Maestro. Comprendemos cómo el cristianismo español de la Edad Media fuese más fecundo en guerras santas, propaganda y taumaturgia, que en reflexiones reposadas y en emoción mística. En el ámbito de tal religiosidad quedaba escaso lugar para un San Bernardo, un San Francisco, un Santo Tomás, o un Roger Bacon. Los santos de España con dimensión internacional, serán: Santo Domingo de Guzmán, en el siglo XIII, y San Vicente Ferrer, en el XV; martillos de herejes y de infieles que anuncian el San Ignacio del siglo XVI -sea dicho sin disminución de la magnitud de sus figuras, sin las cuales la historia de Europa no habría sido como fue. La actividad reflexiva y técnica continuó siendo tarea de las otras dos castas.

El Santiago español es inseparable del sostenido anhelo de quienes buscaron y hallaron en él apoyo y sentido para su existencia; es inseparable de las vidas de quienes vivieron su creencia, una fe defensiva, labrada y reforjada continuamente por la misma necesidad de aferrarse a ella. Tan bien lo sintieron los moros de al-Andalus, que cuando Almanzor, en la cima de su poderío, juzgó necesario dar el golpe de gracia a la cristiandad del Norte, arrasó y dispersó las comunidades religiosas de León y Castilla, y al fin, destruyó el templo del Apóstol (997) ; he ahí la contraprueba de que los musulmanes consideraban a Santiago como un rival de su Mahoma. No se respetó sino el área estricta de la sagrada reliquia, porque el musulmán sabía que la virtud de lo sagrado no terminaba en los límites de su religión. Como trofeo hizo trasladar a Córdoba las campanas del santuario, a hombros de cautivos, para que, convertidas en lámparas, iluminaran la gran mezquita de Córdoba. El estrago causado por el rayo del Islam acrecentó la fe en la santa reliquia, tan santa, que ni el mismo Almanzor había logrado destruirla.

La creencia difusa e inconexa en Santiago, antiquísima aunque no valorada por la Iglesia visigoda, según antes vimos, adquirió volumen y estructura como una fe opuesta y, en cierto modo, similar a la musulmana. No podemos resolverla en una conseja piadosa como Guadalupe, el Pilar de Zaragoza, Montserrat y tantas otras. Santiago fue un credo afirmativo lanzado contra la muslemía, bajo cuya protección se ganaban batallas que nada tenían de ilusorias. Su nombre se convirtió en grito nacional de guerra, opuesto al de los sarracenos.

"LA REALIDAD HISTÓRICA DE ESPAÑA". Américo Castro