Hospitalidad con el peregrino

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JOSÉ MIGUEL ANDRADE CERNADAS
Universidad de Santiago de Compostela

Domus uenerabilis, domus gloriosa,   
domus admirabilis, domus fructuosa,  
pirineis montibus floret sicut rosa,  
 uniuersis gentibus ualde gratiosa.  

Así arranca un poema de principios del siglo XIII compuesto con el fin de cantar las alabanzas del hospital de Roncesvalles y de encomiar el buen trato que los clérigos del lugar dispensaban a los peregrinos. Al margen del empleo de los tópicos literarios al uso, este poema evidencia la gran importancia que, para el peregrino, tenía la red hospitalaria que recorría los distintos caminos de peregrinación a Santiago de Compostela.

Es bien sabido que el peregrinaje a pie -sistema mayoritariamente utilizado por los peregrinos jacobeos en la Edad Media- requería de un notable esfuerzo físico por parte del viandante; éste llegaba al final de muchas de sus jornadas de marcha con el cuerpo maltrecho y, en especial, con los pies lacerados. Hambriento, tiritando de frío o sufriendo un sol de justicia, muchas veces enfermo, el peregrino veía en estos hospitales u hospederías una oportunidad de reponer fuerzas para continuar su camino.

Sin embargo, hay que advertir que no todos los centros que acogían a los peregrinos tenían el mismo prestigio del que gozaba el hospital de Roncesvalles, o el gran hospital burgalés que ordenaron erigir Alfonso VIII de Castilla y su esposa la reina Leonor o, ya en los estertores de la Edad Media y en los inicios del periodo moderno, el alcanzado por el gran hospital real que los Reyes Católicos mandaron edificar en la propia Compostela. No todos eran así y no todos los peregrinos tenían la fortuna de encontrarse, al final de cada una de sus jornadas de largo caminar, con instituciones como las antes citadas. Para aclarar la disparidad de posibilidades de acogida que un peregrino se encontraba por los caminos, creo pertinente empezar por hacer una breve historia de la hospitalidad en relación con los peregrinos.
Tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento encomian la bondad de la hospitalidad. Las reglas monásticas, por su parte, convierten esta querencia hospitalaria en una de sus principales señas de identidad. Es bien conocida la especial atención que Benito de Nursia prestó a este apartado a la hora de redactar su regula. También las reglas hispánicas -la regla de Isidoro y la de Fructuoso- señalan que sus monjes han de atender a los viandantes y a los enfermos. El esmero con el que los monjes hispanos se dedicaron a estos menesteres puede explicar uno de los cánones aprobados en el III Concilio de Zaragoza del año 691, que trataba de limitar el hospedaje en los monasterios únicamente a los clérigos; el título del mismo me ahorra hacer mayores comentarios al respecto; dice así: "Para que los monasterios no se conviertan en mesones de seglares".

No estamos bien informados sobre los orígenes de la hospitalidad relacionada ya, directamente, con el peregrinaje a Compostela. Éste comienza a desarrollarse con pujanza desde el siglo X y quizá pueda señalarse el reinado del Alfonso III (866-910) como el momento en que la peregrinación jacobea cobra su primer gran impulso, no sólo desde el ámbito regional sino también internacional. Ello supone que, por esos tiempos, también la hospitalidad cobró una dimensión mayor que la que tenía hasta entonces. En una donación del propio rey Magno a la iglesia de Compostela, datada en el año 899, nos encontramos con una claúsula diplomática que alude a la bondad de acoger a pobres y peregrinos. Éste es, quizá, el primer testimonio que vincula Compostela con la hospitalidad. Coetáneamente, el cuarto obispo iriense-compostelano, Sisnando I, parece haber fundado el primer hospital en Santiago (2). Posteriormente, en la segunda mitad del siglo X, y ya alejados de Galicia aunque vinculados a la ruta jacobea que se va consolidando como preferente, se fundan sendos hospitales para la atención de peregrinos en Sahagún y en las cercanías del monasterio de Cardeña.
Pero es a partir de mediados del siglo XI cuando tanto la peregrinación como los esfuerzos hospitalarios para atenderla conocen un impulso definitivo. De hecho, y siguiendo una vez más a Uría, es en el año 1047 cuando encontramos documentada por vez primera una hospedería vinculada clara y específicamente con la recepción y atención a los peregrinos a Santiago.
Hay una serie de factores que explican por qué se produce esta explosión de la peregrinación a Santiago en estos momentos. En primer lugar, porque el Occidente europeo conoce, por estas fechas, la eclosión de un sistema social-el feudalismo- que está favoreciendo un importante despegue productivo de los campos europeos que, a su vez, permitirá una mayor división del trabajo, un mayor desarrollo mercantil y estimulará el renacimiento -cuando no un real alumbramiento en algunas regiones- de la vida urbana. Por otro lado, la batalla de Tamarón consagra el ascenso al trono leonés de la dinastía navarra que arranca con Fernando I. Desde Castilla hasta Galicia gobierna este monarca cuya influencia llega hasta el reino de Navarra; el nuevo rey era un hombre muy vinculado al espíritu e influencia de la gran abadía de Cluny que, como es bien sabido, pugnaba por establecer un nuevo código espiritual y político en el que la peregrinación a Compostela va a ser una de las piezas clave.
Con este trasfondo, y tal y como expone Martínez García (3), se va formando de un modo planificado, a lo largo de la segunda mitad del siglo XI, una primera red asistencial tanto en el reino navarro como en el castellano-leonés. Esta primera oleada de fundaciones hospitalarias estaba definida, según el citado historiador, por su carácter afrancesado, por ser mayoritariamente iniciativas salidas del mundo monástico y por la intención de ofrecer una cobertura hospitalaria integral para los peregrinos. No conviene olvidar, con todo, que en este periodo también se producen fundaciones episcopales -como las leonesas promovidas por los obispos Pelayo y Pedro- y otras más o menos alentadas por los propios reyes.
Pasado el tormentoso primer tercio del siglo XII, la peregrinación a Santiago va a alcanzar su punto culminante y este cénit jacobeo se va a prolongar hasta mediados del siglo XIII. A lo largo de este periodo se observa que el interés por dispensar un trato hospitalario a los peregrinos ya no es sólo un asunto de monjes. Muchos más obispos que en la etapa anterior no dudaron en fomentar toda suerte de instituciones hospitalarias, como el remozado hospital de Santiago con el que Gelmírez da sus primeros pasos en la vida pública y también se constata una creciente preocupación de los distintos monarcas hispánicos por atender a los peregrinos; el caso quizá más importante lo encarne el magnífico Hospital Real de Burgos, fundado por Alfonso VIII de Castilla, que en su momento parece haber sido el complejo hospitalario más importante y mejor dotado de todos los existentes en las Españas.
En esta época también las órdenes militares irrumpen en el campo de la atención hospitalaria a los peregrinos. Los templarios y los hospitalarios de San Juan de Jerusalén están presentes a lo largo del Camino aunque es en los tramos más inseguros de Burgos o de Tierra de Campos donde su función hospitalaria y militar se hace más patente. También la orden italiana de Santiago del Alto Paso contó con un hospital en Astorga que, posteriormente, pasará a manos de una cofradía local. De las órdenes militares hispánicas sólo la de Santiago parece haber estado implicada en la promoción de la peregrinación a Santiago, aunque su alejamiento de las principales rutas jacobeas mitigó bastante el valor de su aportación en este campo.

Es en esta época cenital de la peregrinación cuando se ve con mayor claridad la importancia social y económica que ésta tiene. El gran éxito de la peregrinación motivó que en torno a los peregrinos fuera a surgir una variadísima gama de intereses económicos, que puede ser analizada en toda su dimensión en la propia ciudad de Compostela. La recepción de peregrinos no fue ajena a esta explosión de intereses materiales y mercantiles que rodearon al fenómeno jacobeo en el Santiago de esta época. El famoso sermón Ueneranda dies del Liber Sancti Iacobi describe toda una serie de prácticas y de usos de los hospederos compostelanos que, al margen de la hospitalidad caritativa, se dedicaban también a estos menesteres aunque desde una perspectiva comercial. Las trapacerías que el autor del sermón les atribuye a los hospederos y posaderos compostelanos podrían equipararse a las propias de los timadores y truhanes "profesionales" que siglos después veremos reflejadas en la literatura picaresca. Es probable, pese a todo, que no estemos ante una descripción absolutamente exacta de la realidad histórica, ya que el carácter eminentemente moralizador del texto pudo haber contribuido a exagerar algunas malas costumbres de los hospederos de Santiago (4). Conviene no olvidar, además, que junto a esa oferta privada y de dudosa calidad, la ciudad del apóstol ofrecía a los peregrinos muchas otras posibilidades de alojamiento durante sus -parece que- cortas estancias en la urbe jacobea; además del viejo hospital que había reedificado Gelmírez, hay que tener en cuenta que tanto las iglesias como los monasterios de la ciudad y de sus arrabales cumplían funciones hospitalarias y ésa es quizá la razón por la que el autor del libro V del Liber Sancti Iacobi los incluye en su descripción de Santiago (5).
A partir de mediados del siglo XIII y hasta finales de la Edad Media, la peregrinación a Santiago comienza un lento declinar. En él concurren tanto razones económicas como espirituales. En efecto, la ruta francesa había sido, hasta entonces, el principal eje comercial que recorría buena parte de la península Ibérica desde el este hasta los confines occidentales. Los grandes avances territoriales que las monarquías occidentales consiguen en la primera mitad del XIII van a contribuir poderosamente a que se vayan perfilando unos nuevos ejes comerciales que van del norte al sur. Por otra parte, la espiritualidad de esta época es muy distinta de aquélla otra que comandaba los espíritus cristianos en los tiempos esplendorosos de la peregrinación; en este nuevo modelo la peregrinación ha perdido algo de su carácter devocional para revestirse con un carácter más utilitario (6).
A la par que el propio talante e importancia de la peregrinación, las prácticas hospitalarias también van a cambiar a lo largo de este periodo. Desaparecen casi completamente -excepto al llegar al reinado de los Reyes Católicos- los grandes proyectos hospitalarios y, en su lugar, lo más característico de este momento es la proliferación de pequeños y modestos hospitales erigidos por laicos, cuya fundación parece responder tanto al deseo de atender a los peregrinos como de ser testimonios perennes de la bondad y magnificencia de sus fundadores. Aun así, conviene recordar que los franciscanos promueven algún hospital en los siglos XIV Y XV y que en la propia ciudad compostelana se va a construir un nuevo centro de este tipo en 1333.
Pero abandonemos la perspectiva cronológica y tipo lógica y centrémonos en conocer cómo era la asistencia recibida por los peregrinos en esta variada gama de hospitales y a lo largo del periodo medieval. Lo primero que se puede decir es que, volviendo al principio de nuestro texto, hay casi tantos tipos de asistencia hospitalaria como instituciones hospitalarias. Hay algunos, como el hospital de Roncesvalles, que se ganaron una merecida fama por la variedad de servicios y atenciones que sus clérigos dispensaban a los peregrinos: según canta el poema laudatorio del hospital navarro, allí los peregrinos recibían un lavado y corte del cabello, además de un afeitado, les eran curados los pies, se les ofrecía una alimentación más o menos esmerada por algunos días, podrían descansar en camas y, además, obtenían atención espiritual.
Pero lo más frecuente era que, en la inmensa mayoría de los hospitales y sobre todo en los de menor entidad, el peregrino se tuviera que contentar con dormir bajo techo, quizá en una cama compartida con otro viandante y con comer algo, aunque esto último no siempre ocurría y sin duda nunca del mismo modo, pues dependía del estado de las finanzas de la casa en que se hubieran acogido los peregrinos. En muchos centros, sobre todo en los monásticos, al peregrino le eran lavados los pies; ésta era una práctica en la que, como bien dice Uría, confluían un acto de simbolismo caritativo de fuertes ecos bíblicos junto con una costumbre higiénico-sanitaria de cierta importancia para restañar, en la medida de lo posible, los siempre maltrechos pies del caminante.
¿Eran recibidos por igual todos los peregrinos en los centros de acogida? Obviamente, no. Desde época bastante antigua se distingue claramente entre la acogida y trato que se ha de dispensar a las personas importantes y el debido a los transeúntes pobres. Gracias a una norma cluniacense del siglo XI, sabemos que esa distinción tiene su correspondiente reflejo en la organización interna de los monasterios de la órbita borgoñona: el elemosynarius era el encargado de recibir a los viajeros a pie, mientras que con el nombre de custos hospitum se denominaba a la persona que atendía y acomodaba a los que llegaban a las puertas del cenobio montados a caballo. Posteriormente, a partir del siglo XIII, y al menos en los monasterios benedictinos, se van distinguiendo dos obediencias que, hasta ese momento, estaban más o menos solapadas, como eran la de la alberguería y la de la enfermería; en esta división de funciones quizá podamos entrever ese trato discriminatorio para con el peregrino según su origen social al que nos estamos refiriendo.
No tenemos demasiadas noticias sobre este particular en relación con el Camino de Santiago, pero no hay por qué suponer que éste haya sido una excepción al respecto. De hecho Uría recoge algunos documentos en los que se informa de este trato hospitalario discriminatorio. En un sentido semejante hay que entender otra información transmitida también por Uría; el rey castellano Alfonso XI interviene en las Cortes de Burgos de 1315 para protestar porque los caballeros se alojaban en los hospitales y desalojaban de éstos a los pobres allí hospedados.
Muchos hospitales también hubieron de enfrentarse con otro problema en relación con la selección de los peregrinos. Se trataba de saber quiénes de los llegados a sus puertas eran auténticos peregrinos jacobeos y cuáles eran los suplantadores o bigardos que buscaban el acomodo en estas instituciones sin merecerlo y que tantas veces son denunciados en textos relacionados con el mundo de la peregrinación. Para intentar paliar en la medida de lo posible este problema, va a surgir toda una serie de signos de identificación del peregrino. El más conocido y popular -a la par que objeto de un activo comercio y también de no pocos fraudes- fue el de la concha de vieira, que iba cosida a la capa del peregrino. En las excavaciones realizadas en el subsuelo de la Catedral compostelana se halló una de estas conchas-insignia que parece datada antes del año 1120.
Tienen el mismo sentido los sellos de peregrinos que nos encontramos a partir de la segunda mitad del siglo XII y que ha estudiado Faustino Menéndez Pidal, como los acuñados en Santo Domingo de la Calzada o en Villalcázar de Sirga y que, a la par que adornos, validaban a quien los portaba como un peregrino que había pasado por esos lugares de camino a Santiago de Compostela.
Otro de los objetos más frecuentemente asociados con el peregrino es el bolso de forma rectangular, la esportilla, que desde el siglo XIII se convirtió en uno de los emblemas utilizados con mayor frecuencia para sugerir la idea de la peregrinación.

BIBLIOGRAFÍA

M. C. Díaz y Díaz
, De Santiago y de los caminos de Santiago. Santiago, 1997.

Santiago, Camino de Europa. Culto y Cultura en la peregrinación a Compostela. Santiago, 1993.

H. Santiago-Otero (coord.), El Camino Santiago, la hospitalidad monástica y las peregrinaciones. Valladolid, 1992.

L. Vázquez de Parga, J. M. Lacarra y J.Uría, Las peregrinaciones a Santiago de Compostela, Madrid, 1949.

Vida y peregrinación. Madrid, 1993.

 

"Hospitalidad con el peregrino "
JOSÉ MIGUEL ANDRADE CERNADAS
Universidad de Santiago de Compostela